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El alma del café: la naturaleza, la cultura y lo cotidiano

poemas Apr 25, 2020

¿Qué el café tiene alma? Claro, basta con cerrar los ojos, anhelar su aroma, y sentir ese abrazo, esa manta caliente en la espalda, esa sensación de estar vivo, de que el día comienza, o acaba; ese encuentro con un ser querido, en palabras, o con vos mismo, en silencio.

El café es energía, y es meditación. Es poesía, es literatura, es la espuma caliente rozando suavemente los labios, o es el negro licor, líquido analgésico que acelera el metabolismo y renueva la esencia del alma humana hasta el último sorbo con azúcar rezagada en el fondo de la taza. Cuántas ideas habrán surgido alrededor del aroma a café y el humo de los cigarrillos, cafés con un sabor tan intenso como los versos de los mejores poetas. Cuántas tertulias protagonizó el café, entre los sorbos de Cortázar, Borges, Virginia Woolf, Neruda, Octavio Paz, en pequeñas cafeterías donde inimaginables obras fueron creadas, y hoy leídas, con una buena taza de café junto a la ventana.

De hecho, y nunca más atinado para estos tiempos, decía Alexander King, “esta parece ser la ocasión para la única necesidad básica del alma humana en prácticamente cualquier gran crisis: una buena taza de café caliente”. Y es que sí, no hay frontera, continente, clase social, no hay arriba o abajo o derecha o izquierda, que no haya sido atravesada por el aroma a café; a goteos en la oficina, inmerso en casa con las pantuflas puestas, o caminando por las peatonales rosarinas, mirando vidrieras entre sorbos; a presión en la cafetería combinado con el perfume a tinta nueva del periódico del día (decía Manuel Vicent, que su lucha por la existencia constituía en que a la hora del desayuno, sea más importante el aroma del café, que las catástrofes que aparecían en el periódico abierto junto a las tostadas), o si quieren una imagen más bucólica, con jazz de fondo y avizorando lo gris detrás de la lluvia, recorriendo las páginas de Cien Años de Soledad, donde el café se tomaba siempre… sin azúcar, y hasta al coronel Aureliano Buendía lo intentaron matar con un café cargado de estricnina.          

Ya en este punto podríamos declarar que el café es cultura, y que la cultura del café está arrebatando las almas y poseyéndolas como un espíritu maligno que te traspasa y corrompe para no volver a ser el mismo nunca más. Y es que, claro, después de un buen café, acariciando la perfección en los infinitos semblantes que lo caracterizan, no hay vuelta atrás. No importa cómo, ni dónde, el café se ha convertido en una práctica ineludible. Espeso y con restos de granos molidos en el fondo de la taza lo disfrutan los egipcios, mientras juegan backgammon o playtawla. Los turcos, molido muy finamente y calentado en una jarrita pequeña, a veces entre arena a altas temperaturas, subiendo hasta el borde dos o tres veces, servido en una taza pequeña y oscuro como la noche en el desierto. Los italianos, reyes del espresso intenso como el carácter que nos identifica, fuerte, corto y rápido, en la barra del bar. Un café au lait, piden en alguna cafetería parisina con un cruasán o unas tostadas, hasta que llega la noche y al café lo acompaña un trago de coñac; o canela y whisky, en Irlanda. Los holandeses y los alemanes toman café a toda hora, y de todas las maneras posibles, donde cada momento tiene su propio método y expresión. Los americanos en las Coffee Houses, con su vaso de café para rellenar y terminar en la barra contemplando las atosigadas calles de Nueva York. En Miami, a las 3:00 pm se hace una pausa del trabajo y se sirve un café cubano; esto, efectivamente, es un movimiento y tiene nombre: “3:05 Cafecito of Miami” lo llaman. O en mi hogar, luego de la cena, entre libros y alguna balada de los ochenta, sirviéndome una medida de Tía María (porque nunca es suficiente café) mientras la Moka despide el vapor a través de la válvula advirtiendo que el néctar está subiendo por su cuerpo, y allí es cuando abro la tapa, y dejo que el aroma se desperdigue en el ambiente cual palo santo, pretendiendo que me limpie de todas las impurezas. Y es que el café ha llegado a ser un dios al que le he de rezar, y al que agradezco su existencia desde que unos monjes etíopes lo descubrieron, como cuenta la leyenda. Y así permanece nuestro amado café, moviéndose eternamente entre la naturaleza, la cultura y lo cotidiano. Porque para mí el café es un resguardo de las palabras que nos decimos a solas, abriga el alma y nos empuja a la vida, invito a los otros a apreciar lo etéreo y lo extraordinario en el átomo de un grano de café.

Entonces, para los que seguimos buscando un santo al que rezar, aparecen las tentadoras cafeterías de especialidad. El trabajo de estas es llevar la experiencia cafetera a otro nivel; allí todo gira en torno al café, la estrella del lugar. El barista le rinde honores a nuestra sagrada bebida al extraer con sus técnicas los mejores atributos del café, transformándose en un eslabón fundamental en la compleja cadena de producción.

Conocen el suelo donde se plantó, el tostado perfecto, la molienda apropiada, y los métodos para infusionarlo como ese laberíntico grano merece desde que es una cereza. Podría atestiguar que es casi un ritual, donde la degustación es reflexiva y pausada, a la vez que vislumbrás el atractivo de su preparación y la propagación de los aromas antes de anclar en el distinguido sabor que quedará guardado en la memoria; como dije anteriormente: no hay vuelta atrás. “Del grano a la taza” suele ser la expresión utilizada en estos sacrosantos lugares; desde el origen del café, la selección y la plantación, hasta el tostado, la preparación, y las características que advertirás en tu taza, como la acidez o el dulzor. Así es que el café de especialidad se diferencia por su aroma y sabor, pero, sobre todo: la ausencia de defectos. Esto es “consumo de culto”, ni más ni menos.

La invitación sigue en pie, pero te prevengo, tras la experiencia te preguntarás ¿qué estuve tomando hasta ahora? Y de ahí en más, te habrá arrebatado el alma para no volver a ser el mismo. En todo caso, para ser mejor.

 

Escrito por: Juliana ( Barista del equipo de Bold)

 

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